Para un Madridista (Seguidor del Real Madrid) es muy difícil vivir en Barcelona, desde el punto de vista deportivo. La eterna rivalidad entre ambos clubes (Real Madrid y Barcelona) hace que uno se sienta eternamente "rodeado por el enemigo". Hasta celebrar un gol del Real Madrid, puede significar una marejada de insultos y, tal vez, uno que otro JBVV (Jarra o Botella de Vidrio Voladora). Lo mismo pasa en Madrid, aunque en menor escala, según mi opinión.
Yo siempre he vivido el fútbol con intensidad. Celebrar un gol o la victoria de mi equipo, es casi una obligación. Sin embargo, cuando la integridad física se pone en peligro por una muestra de alegría inoportuna, es momento de reconsiderar las posturas. Después de dos partidos en calidad de espantapájaros (mudo y quieto en una esquina cerca de la puerta) entendí que necesitaba un lugar donde poder expresar mi madridismo con toda libertad. Y es curioso como es la vida: a veces te la pasas buscando sin encontrar nada y otras, no buscas y encuentras lo que necesitas; como es mi caso.
Una noche volvía del cine con Tamara (llevabamos una semana en el apartamento) y al ver mi reloj me percaté que al partido del Real Madrid, de esa noche, le faltaban unos minutos todavía. En la puerta del edificio me despedí de Tamara y decidí recorrer las calles para ver si encontraba un bar donde lo estuvieran transmitiendo. Le di la vuelta a la manzana sin tener suerte, hasta que volví a la esquina de la calle donde vivía. Ahí estaba, un bar modesto, con 3 mesas en la acera, 5 en el local y una barra. Habían pocas personas acompañando al mesero que hacía también de cantinero detrás de la barra.
Me asomé por la puerta del "Bar Siroco" y me encontré con el partido en el televisor empotrado en la pared. Me senté en la barra, pedí una coca cola y a disfrutar del resto del partido. Llamó mi atención un hombre de avanzada edad, sentado solo en una mesa observando cada acción del partido. El enorme puro en su mano y la botella de vino en su mesa acompañada de un copa de cristal, eran la imagen perfecta de la post guerra civil española. Por las esporádicas indicaciones que le daba al cantinero, cada vez que el partido se paraba, comprendí que era el dueño. Al principio, me mantuve con mi actitud de silencio, pero no podía evitar los típicos "iiiii", "uy casi" de los que el fútbol está lleno.
Terminó el partido y, con la victoria del Madrid, la poca gente del bar comenzó a aplaudir y comentar favorablemente el resultado. Y mientras trataba de asimilar esto, el hombre del puro se puso en pie y acercándose al mesero en la barra, le dijo: "Y cuando juguemos aquí, ganaremos 0 - 5, por lo menos", para luego perderse por una puerta que daba a la cocina.
Ahí lo entendí. Estaba en un Bar Madridista.
Me sentí feliz al saber de este refugio, a menos de 15 pasos de mi apartamento. Un lugar para ver a mi amado Real Madrid y expresar mi Madridismo sin restricciones ni amenazas. Un lugar para vestir la camiseta merengue con el 7 del capitán en la Espalda. Un hogar, fuera de casa.
Con el tiempo, de lo mejor de mi semana era ir al Siroco a disfrutar del partido bebiendo café con leche, que se volvió mi bebida habitual; al grado que muchas veces, el camarero solo me veía entrar y comenzaba a prepararlo. Le tomé cariño al Siroco y a los otros Madridistas con los que compartía 90 minutos a la semana (180, si había jornada de Champions).
Con el local a reventar y todos de pie, celebramos el gol de Higuaín que daba el 31 título de liga al Real Madrid en un partido épico contra el Osasuna. 2 minutos antes del final, Don Siroco (el dueño) gritó desde el fondo del local: "¡Martín, saca el vino que hay que brindar por los campeones!", en medio de los aplausos y los vítores. Terminó el partido y todos nos fundimos en abrazos y felicitaciones compartidas. Para mi sorpresa, el dueño del Bar vecino (Barça hasta la muerte), llegó a Felicitar a don Siroco por el título.
En la fecha siguiente era el Gran Clásico Español, pero "descafeinado" porque ya estaba todo decidido. Es tradición en España, que en el siguiente partido después de se decidiera el Campeón, el equipo que juegue contra éste, tienen que hacerle el Pasillo. El Barcelona haciéndole el pasillo al Real Madrid en el Santiago Bernabeú, daba mucho de que hablar.
Casi nadie fue al Siroco esa noche (era un miércoles, lo que complicaba la asistencia para muchos que trabajan) pero habían unos Barças esperando el milagro. Yo llegué temprano, con mi camiseta de Raúl y al verme llegar, Don Siroco volteando a ver a los Culés (fanáticos del Barça) dijo: "¿Por qué no le hace el pasillo al chaval?", refiriéndose a mi. "Aún no hemos bebido suficiente", contestaron con buen humor.
En el último partido de liga, me despedí de ese pequeño pero orgulloso refugio del Madridismo, inmerso en las entrañas del Barcelonismo. Con el deseo y determinación de volver algún día por otro café con leche, para ver a nuestro querido Real Madrid.
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